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Apenas anduvo unos cuantos pasos, cuando la ventisca cambió de tonalidad. Esta vez no era el fruto natural del aire en movimiento, ni el ruido de las hojas de los árboles luchando contra la ventolera. Parecía ser algo mucho más humano, mucho más terrible. Parecía el grito desgarrador de una mujer pidiendo auxilio, entre incontenidos sollozos. Miró en la dirección de donde parecían provenir las voces. Su mente se debatió por un instante en una terrible duda. Sabía que, como cualquier ser humano que se preciase, debía de ofrecer su ayuda a cualquiera que la necesitara, pero su instinto de supervivencia le indicaba que quizá debiera de huir de allí lo antes posible, que seguro que, en el fondo, nada podría hacer y, con certeza, su integridad física correría peligro.

Las voces arreciaban en consonancia con el huracán. Su corazón, en un puño, por fin le insufló el suficiente ánimo como para acudir a socorrerla de aquello que le sucediese. Acongojado, trotó a duras penas hacia ella. Se encontraba en el puente que comunicaba su barrio del otro adyacente, perforando un alto talud sobre el que pasaban las vías del tren de cercanías. No estaba sola. Un indeseable la tenía sujeta en el suelo, inmovilizándola, amenazándola de palabra y obra, enarbolando una resplandeciente navaja de grandes dimensiones.

  • No te resistas, putita. Te vas a enterar de lo que es bueno. O mejor sí, hazlo. Me pone muy cachondo que lo hagas-rio sórdidamente-. ¡Así, así! Lo estás haciendo muy bien.

Josete, parapetado tras una de las columnas que daban acceso al túnel, veía la funesta escena sin atreverse a intervenir. Dio media vuelta, inició el camino de retorno, se detuvo, volvió a mirar, se acercó de nuevo, acobardado pero curioso. Si interviniese-estaba más que seguro-sería mucho peor. El violador acabaría con la vida de su desgraciada víctima, e incluso con la de él mismo.

El repulsivo individuo terminó por desnudarla de cintura para abajo, terminó por saciar en ella toda su sed de asquerosa lascivia. Al culminar, su pesado cuerpo se abalanzó sobre su víctima, que ahora callaba. De nada le habían servido sus súplicas, ni su vana resistencia. Ella se dio cuenta, bien tarde, de que no solo eran estériles, sino que le sirvieron de aliciente para cometer aquella infamia. El hombre reía, más que satisfecho por su atroz hazaña. Nadie le descubriría. La noche era la que era. Ni un alma habría osado, salvo él y aquella desventurada mujer, a deambular por unas calles arrasadas.

  • Dime que te ha gustado ¡Dímelo! -le pedía, mientras sus babas salpicaban el mancillado rostro de la mujer.

Ella callaba, mientras sus ojos permanecían cerrados, dándole a entender que no le había visto el rostro y que jamás podría describirle ni delatarle. Quería asegurarse que no la mataría y que, aunque hubiese asesinado por siempre su alma, al menos su cuerpo sobreviviría a aquella monstruosa experiencia. Por fin contestó.

  • Sí, me ha gustado mucho. Jamás he disfrutado tanto como en este momento. Pero por favor, déjame marchar. Me esperan-suplicó llorosa.

Él la abofeteó con ira, apretando sus dientes, una y otra vez, haciéndola sangrar.

  • ¡Mientes! Pero es tan hermoso oírtelo decir que quizá te perdone la vida-le decía mientras le pasaba la hoja del cuchillo por el gaznate.

En ese preciso instante, Josete pareció, por fin, reaccionar. Buscó entre el encharcado césped algo con lo que atacar. Una roca blanca, irregular, de las que delimitaban uno de los árboles, fue su objetivo. La asió, arrancándola de los brazos del barro que se había adueñado de ella. Corriendo, sin tomar apenas precauciones, se abalanzó sobre aquel desalmado, golpeándole en la cabeza con todas sus fuerzas. En su excitación erró el golpe. Apenas si le hizo un rasguño. Se volteó, mostrándole su plateada arma, pero no le dio tiempo a más. Esta vez no falló. Una y otra vez la piedra se iba hundiendo en aquel maldito cráneo que solo albergaba sinrazón. De seguro que estaba muerto. Ningún ser humano hubiese sobrevivido a aquellas terribles heridas.

Soltó la piedra, asombrado de su propio valor, de su osadía. Ella abrió los ojos por fin. Se sabía a salvo. Alguien, aunque tarde, la había ayudado y había impartido justicia. Le sonrió. No, en absoluto estaba alegre después de lo sucedido, pero aquellas migajas de humanidad le hicieron creer algo en sus congéneres.

  • Muchas gracias. Me has defendido. Creí que nadie lo haría-le dijo mientras que, púdicamente, se cubría su maltrecho sexo.

Él le sonrió con melancolía. Sus ojos se transmutaron. No le dirigió la palabra, solo se acercó al cadáver y lo empujó con fuerza para que liberara de su peso a la pobre damnificada. De su mano inerte le arrancó el cuchillo que tenía bien aferrado. Lo examinó a la luz de los focos del pasadizo. Sonrió. Se aproximó con dulzura a ella y, sin mediar palabra, le rebanó el pescuezo. Ella no pudo responder. Aunque lo hubiese deseado con todas sus fuerzas le hubiese sido materialmente imposible: además de las arterias, le había seccionado las cuerdas vocales.

Tras esto, siguió acuchillándola sin compasión, con frenesí, con rabia, disfrutando a cada punzada en su blanda y húmeda piel.

Limpió el arma con la ropa de ella y la dispuso de nuevo en la mano del profanador. Los observó con curiosidad malsana. Se sonrió y, ahora con renovado ímpetu, se encaminó a casa.

La ventisca le azotaba, felicitándole por su simpar proeza. Enfrascado en los más lúbricos pensamientos arribó a su hogar. Ahora sí que necesitaba de una buena y reconfortante ducha. Lo había hecho bien, sin duda, pero no era como debería de haber sido. No estaba totalmente satisfecho ¿Quién era aquel indeseable para haberle arrebatado su presa? Solo a él le correspondía haberse saciado. Él era el maestro en aquellas peculiares artes amatorias. Lo había hecho tantas veces… Y aquel no era más que un advenedizo, un aprendiz. Al menos tuvo la satisfacción de darle su merecido a aquellos dos patéticos seres. Ya habría mejores momentos para demostrar su valía.

  • ¿Ya estás de vuelta, amor?
  • Sí. Espero no haber tardado demasiado.
  • Fíjate como vienes. Estás hecho un asquito. Anda, sécate. ¿Cómo lo has pasado?

Se encogió de hombros. Parecía aburrido, quizá hastiado. Se quitó el abrigo y lo sacudió un poco para no mojar demasiado el suelo de terrazo del salón.

  • Normal, como casi siempre que llueve.