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Toledo, Guerra Civil en color

Presentamos un inédito de Félix molina sobre la Guerra Civil, que pensamos tendrá continuidad— gracias ! Félix -j re crivello Link a otro relato de la misma serie

Irrumpimos en el pueblo vacío, solo el sol, las calles y los fantasmas salían a nuestro paso. El comandante no se plegaba al silencio, y seguía repartiendo sus órdenes, sin relajarse. Mirábamos a los balcones, a las puertas, al canto de las esquinas. La paz, o ese sucedáneo nuestro, había tomado la desvencijada iglesia, las plazas y los patios sin gente. El mercado.

Se ingresaba por un arco sombrío, desde la misma calle. La sombra del lugar como que infundía una discreta calma a los soldados y sus azules adláteres, que apaciguaban y destensaban sus fusiles y pistolas. Seguía, en los mostradores húmedos, la oferta de fruta y verdura, algún toque aquí y allí de carne o de pescado, tinajas con aceitunas y encurtidos. La forzada huerta, a pesar de la escasez que conocíamos en las ciudades, seguía llenando los estómagos del pueblo. Uno de intendencia iba seleccionando, como si hiciera su compra un lunes cualquiera –desde cuándo no era cualquiera un lunes–, mientras proseguía el desfile de la tropa ante los mostradores, hasta desembocar en el otro arquillo, que daba a la araña de las calles contiguas.

Harto de la calor, tras la marcha por el desierto de amarillo matojo que engastaba como a una joya a la localidad, me las arreglé para retrasarme y embolsarme algunos nísperos o una frazada de ciruelas, aún mojadas del agüilla del mostrador. Y debajo justo de la caja de madera que las ordenaba, la cabeza viva de un niño. Seis o siete años. Casi como el que dejé con Felicidad, pelo en desorden, de varias semanas sin lavar. Ojos grandes, como la fruta que lo escondía. Mi sonrisa no le regalaba nada, acaso solo tiempo. Se acurrucó aún más, con la helada del miedo, como intentando olvidar la humedad del calor agobiante, la amenaza de los hombres que desfilaban, el peligro cierto del soldado que lo había descubierto.

Le dirigí mi palma con una ciruela, aunque él ya había dado cuenta de las que tenía en un zurrón borroso que le colgaba. Algún encargo de los familiares. Un recado de niño. Eso le dio la confianza mínima para acompañarme con la mirada, para reparar en las solapas, en el barbuquejo del cuello sin rasurar, en las gotas de sudor de mi frente.

La sombra del capitán, como la huella de un edificio extraño, terminado en el capitel de la gorra de plato, se extendió por todo ese recodo del mercado, contaminando el momento de angustia. Pero él no podía ver al niño, empozado en el mostrador de las ciruelas. Sí advirtió, quizá, mi pequeño hurto, mi debilidad, con algo de prepotente piedad. No se retrase mucho, cabo. En la voz, siempre con el tono de una orden, no cabía conciliación alguna. No se entraba en detalles de hospitalidad o siquiera cercanía. Eran las leyes de su batalla.

Para no desobedecer, me desprendí de las ciruelas que contenía la frazada y envolví al niño con ella. Así hice el saco que me colgué al hombro. Desfilé frente a mi superior, con un pasmo que, en cambio, me hacía actuar precisamente, justo en el modo que mi conciencia demandaba. No se cargue más de la cuenta, cabo, dejó caer a la altura de mi oreja, más esta vez como consejo que como mandato.

Luego, en la plaza más cercana, pude darme cuenta de que no había sido el único en aprovisionarse. Los soldados mordían peras y desgajaban naranjas, rebanaban melones y tajaban y deglutían tomates. De hecho, eso había provocado una parada consentida con gesto suficiente por el capitán. Yo busqué una bifurcación en la esquina más próxima y el momento en que se dirigiera a los hombres más lejanos para apartarme del grupo. El niño no se movía dentro de la frazada, como si su pasmo simulara el mío, en ese interior mínimamente seguro, salvo.

Junto al campanario vine a descargar el improvisado saco. El niño no me dio la mano, pero permaneció junto a mi sombra, sin administrar ni un solo paso. Tu casa. Llévame a tu casa. Interpretó el imperativo justo como una orden, como si formase una tropa conmigo. Deambuló con una caminata rápida por las calles sin gente. Sin dudar. Sin consultar ningún hito. Camino de muchas veces, de muchos de sus pocos días de vida. La casa era de las últimas del pueblo, en la calle más vecina a unos matojos que parecían alimentar la falda de una pequeña loma. Un saliente sin más valía que el reposo de las bestias –-allí, en el desnivelado suelo, se dejaban ver los arreos y las jáquimas–. La pared encalada descubría una puerta de astillas verdosas. Salieron dos mujeres. Una no dudó en esconderse, en ir derecha al fondo, al ver el uniforme. La otra permaneció en el vano, entre resignada y desafiante.

El niño trepó a sus brazos, revelando su verdadera pequeñez. Ya no me miró más. Su mirada la repartía entre la mujer, joven, y la silueta al fondo de otra que yo pensaba mayor. Sin cambiar palabras transcurrió un inmenso espacio de tiempo, que no debió de ser mucho, sin embargo. La mujer joven permanecía atenta a una demanda mía, acaso a una imprecación. Yo me saqué de los bolsillos hondos la provisión de nísperos y se los puse en la mano que no sujetaba al niño. El fondo lo inquietaba la silueta rechoncha, alargando sus pasos y recogiéndolos después en la estancia final, buscando y desbuscando, en un tejer nervioso de movimientos. El niño, para mi extrañeza, comenzó a llorar. No hubo agradecimientos ni despedidas. No me quedaba ya mucho tiempo para alcanzar la plaza, el fuego de las horas, la marcha.

 

 

[© félix molina, Casi la paz]