Juegos de Azar -02 by elloboestaaqui (Rafael Lopez Vilas

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Para el gran público romano, la noticia de la desaparición de Francesca Pradolini pasó completamente desapercibida en los periódicos de un lunes, 24 de mayo, escrita en un discreto y pequeño espacio entre las noticias de los acontecimientos deportivos del fin de semana, las de los disturbios en las puertas de varias fábricas repartidas por distintas ciudades de todo el país, sobre todo en ciudades de carácter y dependencia industrial, llevados a cabo por los propios obreros de las factorías y por los miembros de la Asamblea Autónoma de Obreros y Estudiantes, la de la feroz huelga de transporte en Roma y, sobre todo, y ésta era la más impactante de todas, la noticia del asesinato en Palermo de un juez y dos de sus tres escoltas en un atentado perpetrado con un coche bomba, un Alfa Romeo 1750 color rojo cargado con cien kilogramos de explosivos cuya detonación sorprendió a los escoltas y al mismo juez a la salida del domicilio de este último, y que corrió a cargo, según el gran titular con que abrían la mayor parte de las portadas de los diarios italianos, de la conocida organización y sindicato del crimen Cosa Nostra, y nadie, salvo su familia, la familia de Francesca Pradolini, una madre y un padre mortalmente heridos, sus desconsolados hermanos, sus tíos, su abuelo Salvatore, anciano y sin embargo lúcido, un verdadero clarividente al que la desaparición de su única nieta, la única ragazza de entre todos los bambinos que habían ido naciendo y creciendo con alegría a su alrededor, consiguió dilapidar con la profunda tristeza que ésta le produjo, obligándolo, es una manera de decirlo, a caer enfermo, sumiéndolo en un pozo de irreversible oscuridad, sufrieron la desaparición de la hija, de su hermana, de su sobrina, de su nieta o prima, con un gran dolor que no fue recogido en ningún periódico, fue consciente de la nefasta naturaleza de un suceso cuya tragedia pasó inadvertida. El primer día de junio, concretamente un martes, el Corriere de la Sera, anuncia en su página de sucesos la aparición del cadáver de una niña en Tor dè Cenci, muy cerca de un cuartel de los Carabinieri, en la finca de Castelporziano, a las afueras de Roma, que anuncian bajo las siglas de F.P.F, respondiendo esta última inicial acrónima, al apellido Ferrazzano, el primero de los apellidos de la madre de la fallecida, Francesca Ferrazzano, natural del mediterráneo Portofino, un pequeño pueblo costero genovés al norte de la península itálica que Francesca abandonó siendo muy joven para trasladarse a buscar trabajo a Roma, ciudad en la que finalmente contrajo matrimonio y terminó formando una familia. El redactor del Corriere trata de ser conciso en el desarrollo de la noticia. A pesar de la dificultad, en su redacción queda de manifiesto que Victorio Grosso, el periodista que firma la crónica del suceso, trata de esquivar por todos los medios la tentación de incurrir en la manipulación que una noticia de este tipo puede llegar a generar en una parte de los lectores y del resto de la opinión pública, tan sensible a las muertes infantiles en las que se mezclan la violencia y la tortura como hilo conductor. El periodista trata la noticia con cierta distancia, con una frialdad calculada, aunque sin caer en mecanicismos ni restarle la importancia que debe conferírsele a una tragedia semejante. Grosso desgrana asépticamente el informe de la policía, sin efectos ni florituras, sin vulgaridades extemporáneas ni detalles sórdidos, y se hace eco de las impresiones preliminares del forense a raíz del primer examen que le ha sido practicado al cuerpo encontrado. Según el forense, la niña es, sin ningún género de duda, Francesca Pradolini. Diez años. Pelo bruno y ondulado. Violada. A la espera de los resultados de un segundo examen, en sus anotaciones el forense es de la opinión de que los desgarros que Francesca presenta en el ano son debidos a un objeto contundente y grueso, probablemente de cierto peso, puede que algo similar a una botella o a una barra de hierro o cualquier otro metal, y que fue utilizado para penetrarla con una despiadada brutalidad. A pesar del tiempo trascurrido, la niña conserva signos inequívocos de haber sido estrangulada hasta causarle la muerte. La piel y la carne del rostro se presentan en un avanzado estado de descomposición. El hueso frontal del cráneo, detalla el forense, está fracturado en varios puntos. El tabique nasal aplastado. La cabeza de la niña, escribe Grosso, ha sido seguramente golpeada contra el suelo, un suelo duro, de piedra o cemento, apunta el forense, quizá contra una pared, de forma repetida, de forma firme, implacable, con cierta probabilidad, después del propio óbito de la chiquilla, aunque todavía es pronto para darlo por seguro afirma el médico. La policía hace un vago intento por esclarecer el asunto. No existen pistas. Nadie que quisiese vengarse de su familia haciéndole mal a la pobre niña. Todo es confuso. No tienen nada, ninguna pista que seguir, un hilo, siquiera fino o muy fino del cual tirar, y al cabo de pocas semanas, aunque no de forma oficial, el inspector al cargo de la investigación al que llamaremos, por ejemplo, Roberto Plombocatto, harto de la falta de pistas, da por cerrado el caso. Seis meses más tarde, el expediente de la desaparición-violación y muerte de Francesca Pradolini, identificado en el lomo y en la portada con sendas etiquetas con su nombre y la fecha de apertura del caso, donde se recoge y consta el informe definitivo del forense, algunos datos personales recopilados del lugar y las condiciones en que fue hallado el cadáver, el álbum fotográfico del caso y las declaraciones de varios miembros de la familia y la maestra del colegio al que asistía Francesca, que ha estado acumulando, junto a otros expedientes de características irresolutas similares, una pátina de polvo sobre la mesa de trabajo del inspector de la brigada de homicidios de la Polizia di Stato en Roma, al que conocemos bajo el nombre de Roberto Plombocatto, siguiendo el procedimiento habitual, o quizá no el habitual, pero sí el que termina siguiéndose y, por tanto y para la ocasión, el que importa, se da final y oficialmente por archivado, y a pesar del dolor de la familia, del de sus padres y hermanos, también el de su abuelo Salvatore, quien sufriría igual o más que ellos sino hubiese fallecido (su mente, su corazón no ha sido capaz de soportar tamaña desolación), el caso de la violación y el asesinato de Francesca Pradolini, no volverá ser investigado.

La noche anterior a la publicación de la muerte de F.P.F, Victorio Grosso siente una nausea insoportable al escribir la crónica que debe entregar antes de cerrar la edición y corre al cuarto de baño donde termina vomitando, asqueado ante una abominación semejante. Al regresar a su mesa, el jefe de redacción lo está esperando fumándose un Toscano, exhalando el humo por la nariz. Su jefe le dice que tiene mala cara. Grosso contesta que no le extraña y se sienta dejándose caer pesadamente sobre la silla. Bebe café frío sorbiéndolo de una taza y siente el sabor de la cafeína mezclándose con el de su propia bilis en la garganta. El jefe le pregunta que si está trabajando con el artículo de Francesca Pradolini y Victorio asiente sin ganas con la cabeza. El otro le dice que deben filtrar que la policía está a punto de capturar al culpable. Grosso objeta que eso no es cierto. Que la policía no tiene pista ninguna y ni idea de la identidad del horrible violador y asesino que ha matado a esa niña. El jefe de redacción dice que eso no importa. Que la orden viene de arriba y que debe escribirse exactamente así como él le ha dicho. Victorio Grosso se resiste y contrapone que es mentira y que no puede escribir algo así. Que de momento la policía no sabe por dónde tirar. Da igual lo que tenga o no la policía lo ataja su jefe. Grosso, dice su jefe con vehemencia, los ojos muy abiertos, el aliento rezumando un penetrante aroma de tabaco negro que trasciende el vello de su espeso bigote. No te lo estoy pidiendo, ¿entiendes? No vamos a publicar otra cosa que no sea eso. Además, añadió su jefe, no puedes permitirte otro fiasco como el del asunto aquel de la muerte del sindicalista que atribuiste a aquella patrulla de carabinieris tras la manifestación. Arriba no quedaron muy contentos con aquello. Le preguntó si lo recordaba. Dos veces lo preguntó. Grosso lo recordaba. Cómo no hacerlo. Atracción. Desviación. Clavada. Jaque y, al fin, inevitablemente mate. Fácil. Directo. Para qué cualquier sutilidad. Victorio Grosso lo miró con frialdad. Sus ojos eran dos esferas de hielo azulino. De nuevo Grosso sintió que el estómago se le revolvía y que de nuevo le volvían las ganas de vomitar. El jefe de la redacción olfateó en el aire el desprecio que Grosso le profesaba, la rabia que tensionaba su cuerpo al agachar la cabeza y su mirada ciega, perdida entre las teclas de su máquina de escribir, postrada sobre la mesa. Lo tendrás en media hora, musitó Grosso mientras tiraba del papel y colocaba uno nuevo en el tórculo de la máquina. Buen chico, dijo su jefe, que escuchó el martilleo furioso de los dedos de Victorio Grosso estrellándose contra las teclas de su máquina mientras caminaba de vuelta a su despacho sonriendo.

 

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Las portadas del Rúde Právo y de Lidové, ambos medios periodísticos checoslovacos, se hicieron eco de la noticia del hallazgo del cadáver de una niña de entre unos diez y once años de edad que, según las primeras informaciones policiales referidas, apareció en el interior de un destartalado cobertizo en una granja en Radonice, un pueblo cercano al noreste de Praga, a finales del mes de junio. Era el primer día de verano. Según declaraciones del portavoz del departamento de policía del Cuerpo de Seguridad Nacional, la niña llevaba al menos tres semanas muerta cuando la encontraron y mostraba evidentes signos de violencia en todo su cuerpo. La descomposición y los gatos silvestres habían hecho estragos en la conservación del cadáver, y el rostro de la niña era una amalgama de carne putrefaccionada que hizo que una de las agentes, la agente de policía Bohuslava Prochazkova, una mujer de temperamento frío y por lo corriente inconmovible, que acudió junto a su compañero respondiendo a la llamada telefónica del propietario de la granja y por tanto del cobertizo de la granja, que en su primera visita en tres años a la misma, encontró el cadáver en el interior del cobertizo, se encogiera sobre sí misma y, antes de conseguir salir, impregnada por aquel pestilente olor que inundaba cada molécula de aire de la atmósfera del interior del tinglado y que ahora llegaba hasta el último rincón de su consciencia, vomitó sin remedió sobre las punteras de sus zapatos. Según las crónicas del Právo y del Lidové, el cuerpo de la muchacha había sido masacrado, antes y quizá también después de morir, estrangulada con la ayuda de un trozo de cuerda o con un cable que, indistintamente, uno u otro, provocaran una herida de profundidad considerable alrededor de su cuello. La niña estaba desnuda, completamente desnuda, y según ambos periódicos coincidían, con toda probabilidad, si bien era una especulación o licencia periodística, había sido violada. El informe de la policía del CSN, a la espera de lo que el análisis del forense dictaminase, basándose en la evidencias encontradas, hacía referencia a que la muerte de la chiquilla se produjera, con un alto número de posibilidades, en el interior del mismo cobertizo donde fue encontrado el cadáver. El informe, identificaba el lugar donde había tenido lugar la tortura y la probable, y en estos términos se expresaba el redactor del informe, violación, a escasos metros de donde fue hallado el cuerpo. Había fotografías que documentaban la ropa que llevaba puesta la chiquilla, de los zapatos, las medias de lana, sus pequeñas bragas de perlé, de los rastros sanguinolentos con que su cuerpo cercó el suelo al ser arrastrado de un lugar a otro en el interior del ruinoso barracón. Como es lógico, la policía también tomó fotografías de la niña, de su maltrecho cadáver. El policía encargado de la elaboración del informe, consignó que la víctima, a pesar del tiempo y de los gatos, se hallaba desfigurada, y aseguraba que el cráneo de la pequeña occisa presentaba una serie de irregularidades muy visibles, sobre todo en lo que a su parte frontal concierne, como si ésta hubiese sido golpeada reiterada y brutalmente con un objeto contundente o contra el suelo, una alfombra cruda de cemento que cubría el pavimento de forma irregular, probablemente en el lugar donde habían descubierto las manchas de sangre más grandes y donde el titular del informe conjeturaba, se produjera la tortura y, con cierto grado de seguridad, una seguridad basada en una serie de hechos y evidencias circunstanciales, también la violación. Dos días más tarde, el 23 de junio, una delegación oficial de la policía de Praga se presentó en el domicilio del matrimonio Kosztka. Nada más abrir la puerta de la casa, Mirka Kosztka, la esposa de Janos Kosztka, que sostenía el pomo de la puerta en su mano, rompió a llorar desconsoladamente ante el gesto de estupor que vació el rostro de su marido al escuchar su nombre en boca del comisario jefe Stanislav Jellinek de la policía de Praga, al que acompañaba para la ocasión Bvza Kudrna, teniente de policía de Radonice, y dos agentes de policía más que entraron en la casa junto con el matrimonio Kosztka. Pasaron al salón, en realidad una pequeña salita amueblada con frugalidad a donde llegaron tras atravesar un paupérrimo pasillo. Era la casa modesta de una familia modesta. Proletaria. Poco más que pobre. La aplicación práctica de un socialismo mal entendido. El comisario jefe de Praga vestido con su uniforme de gala de la policía se sentó en el sillón junto con el señor y la señora Kosztka, ligeramente más sosegada, aunque de sus ojos no cesaban de manar las lágrimas y su cuerpo se estremecía como una fina brizna de hierba, ahogado por el dolor y la pena por lo que la señora Kosztka creía, como la constatación de un presentimiento cerril que la había acompañado durante días y noches interminables y que ahora, según temía, se transformaba, irremediablemente lo hacía, en la más trágica realidad. Uno de los agentes le tendió un gran sobre al comisario. El contenido del sobre eran varias fotografías que el comisario Jellinek fue poniendo una a una en las temblorosas manos de Janos Kosztka. Los ojos de Janos se ensancharon tanto que Vasek Kopecky, el otro de los dos agentes que acompañaban al comisario Stanislav Jellinek y al teniente de policía de Radonice, pensó que a punto estaban de salírsele de las órbitas oculares. La respiración del hombre, de Kosztka, se cortó al pronto, como si alguien en algún lugar hubiese accionado un interruptor y el aire, el de entrada y el de salida, hubieran dejado de circular en su interior. Al contemplarlo, el teniente de policía de Radonice, Bvza Kudrna, tuvo la ocurrencia de que aquel hombre estaba muerto, verdaderamente muerto en aquel momento en que confirmaba, entre lágrimas, con la voz quebrada, tan fina como un inapreciable filamento, que su hija, su pequeña y pobre hija, su amada hija, era la propietaria de aquel vestido sucio y hecho jirones que su propia mujer, es decir, la madre de la niña, la madre de Milada Kosztka, le confeccionara una semana antes de su desaparición.

[6]

Husband no percibió miedo en el silencio que se produjo al otro lado de la línea telefónica. Ni siquiera inquietud o un silente nerviosismo que pudiese dar por terminada la comunicación. De algún modo, presintió que la curiosidad, una curiosidad tierna e infantil, se ensanchaba a través del cable que conectaba uno y otro teléfono entre Soho y el Midtown. En la voz de Husband, sin duda, predominaba un efecto sedante, y su timbre, quizá su sonido, envuelto en una fina pátina de algodón, transmitía una calma que dulcificaba los sentidos, embelesando, desarmando, rindiendo, como era el caso de la niña Patrice Weaver, a aquel que lo escuchaba. Para Husband significó, lo que se dice, un juego de niños ganarse la confianza de Patrice. En su inocencia, y también en descargo de la niña, bien mirado, fue la misma curiosidad la que dio con la fotografía del cadáver de Patrice Weaver en los periódicos. La curiosidad por la voz de aquel hombre que llamó a su casa, que le habló del mismo modo en que lo hubiese hecho un niño de su misma edad. Su pequeño cuerpecito golpeado, cosido de laceraciones, sus manos, pequeñas y redondas, atadas a la espalda y llenas de heridas, el corte que casi degollaba su garganta como si se tratara de un pliegue sanguinolento que anudaba su diminuto cuello, eran, de alguna forma, sin duda macabra, la contribución a la obra que Husband, años atrás, había iniciado, sin saber por qué, el porqué de aquella voz, más persuasiva y dulce que la suya misma, una voz que resonaba en su cabeza, que le dictaba, hablando sin hablar, pues Husband sentía que aquella voz no era en realidad un sonido o no sólo un sonido, no podía serlo, sus oídos no captaban voz alguna y, a pesar de eso, Husband la escuchaba, oía a la perfección aquella especie de susurro extraordinario que reverberaba en el interior de su propia cabeza, que se repetía incesantemente, enloquecidamente hasta que, al fin, Husband entendía o claudicaba, y terminaba ejecutando lo que aquella voz, tan familiar y sin embargo, extraña, le ordenaba. En opinión de Raoul Lippmann, un psicoanalista del Upper West Side que Husband llegó a consultar en dos ocasiones, era su conciencia, desligada de sus prejuicios, de su miedo por la ley, por transgredirla, por el qué podrán decir, elevándose sobre la santurrona mediocridad de su vida, sobre las enseñanzas de sus padres, la educación que su madre, regia y severa, a base de una conjugación irregular de tesón y chantaje emocional, le inculcara durante años, los largos años que pasó asistiendo a clase en colegios religiosos, los curas, la visita semanal de los confesionarios, la misa diaria, la constancia de sus castigos señalándole acusadoramente con el dedo sus pecados de obra y pensamiento, los rezos, ante los cuales, durante lustros de silencio había soñado con rebelarse. Al escuchar la voz que sobresalía de su conciencia, Husband sentía que obraba como siempre deseara, sin tener en cuenta la penitencia y la mirada omnipresente de dios censurando cada uno de sus actos, acechándolo con su rayo justiciero desde todos los lugares del cielo como un francotirador celestial. Husband creía en Jesucristo y en la palabra que había seguido con devoción, pero también con temeridad, durante muchos años. Creía en su madre y perdonaba las razones de su padre cuando siendo pequeño lo visitaba en su cuarto en las noches de verano con el aliento irradiando vaharadas de whisky escocés. Su padre lo acariciaba, tenía la mano grande y los dedos largos y gruesos como pedazos de tubería, pero la piel que los recubría era tersa y se deslizaba suavemente sobre la suya, que al despertarse y abrir los ojos, miraba el dedo índice de su padre sobre sus propios labios ordenándole que guardase silencio, sonriéndole en silencio. Era su padre. El hombre al que según las sagradas escrituras debía honrar por el mero hecho de, junto a su madre, y obviamente, junto y sobre todo, gracias a las bondades del Altísimo, le debía el divino milagro de la vida. A Husband no le gustaba aquello, lo odiaba, profunda, cervalmente, no comprendía, su entendimiento sólo llegaba hasta las puertas que, por ejemplo su padre, su padre el que ahora, entonces y allí, en su cama, lo tocaba, le había enseñado, las que él le había señalado, repitiéndole una y otra vez, machacando su mente día tras día, lo que estaba bien y lo que no, y aquello, aquello que hacía su padre por las noches, sobre todo las noches de verano, pero que sucedía, menos veces, sí, pero también, en las noches de invierno, y que Husband creía, no lo estaba, no estaba bien, sentía una especie de repugnancia agitándole el estómago cada vez que su padre acudía en su búsqueda a su cama. Por qué lo hacía, se preguntaba Husband, si aquello no estaba bien; alguna vez lloró de la impotencia, dejándose hacer por las sudorosas manos de su padre, mientras en su fuero interno, el niño Husband sostenía una lucha entre la dicotomía que representaba lo que pensaba, y lo que sus padres y los curas del colegio y de la iglesia, la palabra de dios testimoniada en la santa biblia, le inculcaran a base de una espartana instrucción religiosa, de castigos corporales y privaciones que estos sustentaban en el miedo y la total sumisión de su voluntad, lo cual se prolongó hasta poco antes de su ingreso en la universidad. Aún entonces, cuando las intempestivas visitas de su padre a su dormitorio, se prolongaron hasta un mes después del octavo cumpleaños del niño Husband, Husband el universitario se despertaba de madrugada, empapado en sudor y respirando entrecortadamente, con el rostro transfigurado en la oscuridad, después de haber revivido en su sueño la pesadilla de alguna de aquellas noches de su niñez que habitaban todavía en algún rincón de su memoria. Ahora, sin embargo, Husband, su subconsciente, parecía librar una guerra con un pasado del que nunca consiguió librarse, al menos, no del todo, pues, sin duda, éste seguía allí, agazapado en algún lugar recóndito de su mente y, de vez en cuando, se dejaba ver, siquiera un instante, como una especie de espeluznante visión, una alucinación aterradora contenida en el efímero intervalo de un guiño, de un raudo parpadeo, pero con el poder suficiente, aun así, para hacer retumbar los cimientos de la vida que con los años Husband había ido edificando en derredor de sí. De algún modo, Husband, en algún momento que no conseguía identificar, quiso olvidarse de aquello. Quizá de una forma subrepticia y paralela a su consciencia, su mente trató por todos los medios de quitar de en medio aquellos recuerdos, de hacer a un lado o, mejor aún, borrar aquellas noches que tantas veces lo habían martirizado, que sentía repugnantes, repugnantes hacia él mismo y también a su padre, al que recordaba, lo había hecho, a pesar de sí mismo, en demasiadas ocasiones, las veces en que éste lo masturbara. Husband recordaba con claridad la abyección impregnando el rostro de su padre, su boca rebosante de saliva, la cabeza caída sobre el pecho, sus ojos bañados de lágrimas, sentado al terminar en los pies de la cama mientras Husband, el niño Husband, simulaba estar dormido, hasta que su padre al fin, se levantaba y salía del dormitorio sin cerrar la puerta.

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