JUEGOS DE AZAR -03 y final POR rafael lópez vilas (elloboestaaqui)

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Esto es, más o menos, en esencia, lo que Husband relató cómodamente tumbado en un sillón de desmayos de estilo victoriano en la consulta de Raoul Lippmann en el Upper. Por supuesto, Husband se cuidó mucho de no hacer mención alguna de Patrice Weaver a Lippmann, ni de nada de lo sucedido años atrás durante su luna de miel en Europa. Lippmann se mostró interesado por seguir investigando su caso, al que no llegó a calificar de paradigmático pero que, a su juicio, tenía cierto interés potencial y cuyo trastorno, el doctor Lippmann consideraba un serio problema de fenomenología regresiva, pero Husband, desconfiado de que las indagaciones intramentales del psicoanalista diesen por resultado el retrato de un psicópata homicida que pudiese llegar a oídos de las autoridades, rechazó el ofrecimiento del terapeuta y no regresó por su consulta, a pesar de su insistencia. Después, meses más tarde, acuciado por sentimiento que éste no identificó con la culpabilidad, Husband realizó un nuevo intento de conseguir una redención, siquiera parcial, que enmendase la atrocidad de sus crímenes y visitó a otro psicoanalista en su gabinete de Park Avenue, Arvin Mosesson, con quien, para su sorpresa, alcanzó a establecer una empatía y un entendimiento semejantes que después de la novena sesión, viéndose flaquear y en la disyuntiva de profundizar libremente en su vida y por tanto descubrirse, se obligó a abandonar, esta vez y última, ya de forma definitiva.

 

 

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Engañar a Patrice Weaver fue algo sencillo y excitante a la vez. Esa mañana, poco tiempo después de salir la madre de Patrice del despacho, Husband y su dedo índice marcaron el número de teléfono que la propia señora Weaver había escrito en un papel. Al principio, Patrice se sintió extrañamente intimidada por la voz de aquel desconocido, pero luego, sin darse cuenta, comenzó a contestar a sus preguntas, al principio con monosílabos o con una sola palabra, pero después, pasados los minutos, Husband y su voz se ganaron su confianza, estrechando un cerco invisible que Patrice, un pobre cordero en realidad, fue incapaz de ver venir. Husband volvió a llamar al día siguiente. También al siguiente del siguiente. Así durante unos días, todos laborales, mientras su madre trabajaba tras la puerta de su propio despacho. El magnetismo de la voz era tal, que Patrice, a la que Husband le repitiera que aquél era un secreto que sólo ellos dos debían compartir, aguardaba su llamada cada mediodía, sentada muy cerca del teléfono. Una semana después, Husband le preguntó si fuera alguna vez a un parque de atracciones. Patrice contestó que no, que su mamá nunca la había llevado. Patrice no pudo verlo, pero el rostro de Husband, repantingado en la silla de caoba estilo inglés de Holland&Sons a juego con la mesa sobre la que Husband hacía descansar sus pies, se iluminó, y aun refocilándose, se llenó de un gozo que Husband sintió como una especie de vértigo, el mismo vértigo, la misma sensación perturbadora que había experimentado con anterioridad, nueve veces, exactamente nueve, distintas y sin embargo iguales, y su voz tembló un instante durante el cual, Husband también dudó, aunque, a la vez, mientras dudaba, sintió la voz de su conciencia, el impulso irrefrenable y pensó, Husband lo pensó, que también era mágico, el impulso de continuar hacia adelante lo era, y entonces, recompuesta su calculada frialdad, Husband dijo al micrófono del teléfono que una niña tan buena como ella debería ir al parque de atracciones, y sin dejarla reaccionar, sin permitirle decir que sí o que no, le anunció que él mismo la llevaría y que juntos pasarían un día que Husband calificó como inolvidable. Patrice se emocionó, no cabía en sí de gozo y a punto estuvo de echarse a llorar al imaginarse a ella misma subida en la noria o en los coches de choque en compañía de su nuevo amigo. Ella preguntó si montarían en la montaña rusa y él contestó que, claro, que podría montarse en lo que ella quisiera. Eres una niña buena, Patrice, le aseguró Husband con una voz de terciopelo. Muy buena. Después, antes de dar por terminada la llamada, le hizo prometer que no podía decírselo a nadie. Esto es un secreto entre tú y yo, Patrice, nadie puede enterarse de que irás al parque de atracciones conmigo. Tu madre, le dijo, no lo permitiría, y estoy segura de que se disgustaría mucho si se lo dijeses, porque ella no podrá acompañarte, tiene que trabajar, tu mamá trabaja mucho Patrice, es muy buena, como tú, y ella quisiera llevarte al parque de atracciones, pero no podrá hacerlo porque tiene que trabajar para poder seguir ocupándose de ti y que no te falte de nada, así que lo mejor será que no se entere de nuestro pequeño secreto. Con la perspectiva de ir al parque de atracciones al día siguiente, Patrice Weaver se dejó convencer. Fue tan sencillo engañarla que, por un instante, algo en el interior de Husband, hizo que se removieran las cenizas cristianas de su ancestral culpabilidad. Fue un espejismo. Humo. Mentira, se convenció él. La voz de su conciencia le dijo, y lo dijo claramente, con una dicción perfecta, Hazlo. Al día siguiente, Husband esperó a Patrice Weaver a su regreso del colegio e hizo lo que el mismo Husband se dijo a sí mismo, igual que las otras nueve veces anteriores, sin más.

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El señor X, es decir, el hombre al que hemos conocido hasta ahora como Husband, echó el cierre a la cremallera de su portafolio y lo dejó posado sobre la mesa de escritorio, un escritorio de madera de caoba y estilo inglés de Holland&Sons que presidía su despacho, mientras se enfundaba su abrigo color negro y un par de guantes de cuero del mismo color a juego con el abrigo. Tras la puerta, su secretaria, Ronda Elliott, se sorprendió de la temprana marcha de Husband, algo antes de las doce de la mañana, que acostumbraba salir a almorzar, al menos, una hora más tarde de lo que lo había hecho aquel día. Husband dijo a su secretaria que volvería a media tarde, quizá algo después, que tenía un asunto importante que atender y no podría regresar antes. Tras su enorme par de gafas, la secretaria de Husband lo miró elevando su mirada por encima de la montura de pasta y contestó que, Por supuesto, señor Husband, que no tenía de que preocuparse. Husband le dio las gracias sin mirarla y tras asegurarse de que Georgia Weaver trabajaba en su mesa frente a la de su secretaria, salió de la oficina. Mientras lo miraba salir, la señorita Elliott, pensó en la seriedad que inseparablemente acompañaba siempre el rostro de Husband y durante unos segundos cuchicheó con su compañera Georgia acerca de algunas rarezas de su jefe, al que ambas mujeres consideraban un hombre recto y bueno. Al llegar a la entrada del edificio Felicity´s Door, un bloque de oficinas de la esquina de la Avenida Broadway con la calle Broome, Husband se detuvo y tras saludar al portero, un melifluo muchacho cubano llamado Juan de Holguín que lo saludó a su vez y se apresuró a sostenerle amablemente la puerta, consultó la hora en su reloj de pulsera. Las 11:45 A.M, leyó. La hora, si puede decirse así, consideró Husband, era buena. Tenía tiempo más que suficiente para alcanzar su propósito tal y como quería. Juan de Holguín lo miró salir caminando hacia el norte por la Avenida Broadway mientras dejaba que la hoja de cristal de la puerta del edificio se cerrase y a continuación volvió a su mesa, tras el mostrador del vestíbulo, donde practicó algunas anotaciones que añadió al personaje a quien Juan de Holguín, una promesa literaria en ciernes, todavía no reconocida o totalmente desconocida en los Estados Unidos y en las librerías y bibliotecas de todas y cada una de las ciudades y los pueblos, grandes y pequeños, pertenecientes a todos los Estados Unidos de Norteamérica, pero al que sí, desde hacía unos pocos años, cuando todavía éste era un cubano perseguido por su homosexualidad en la Cuba post Revolucionaria de Fidel Castro, y gracias a la ayuda, ayuda sin duda providencial, que una pareja de turistas, un pintor y su esposa, ambos de nacionalidad francesa, de paso en la isla, amigos de un escritor amigo suyo, consiguieron sacar de la isla eludiendo los registros del ejército en su equipaje, el segundo manuscrito que Juan había escrito y se lo llevaron a Francia, donde estos lo entregaron a un editor, un editor francés que lo leyó con avidez y que quedó prendado del talento que aquel muchacho desplegaba en su novela y que quiso publicar de inmediato, y a los que Juan de Holguín, el portero del número 487 de la Avenida Broadway de la ciudad de Nueva York, debía sin duda estar agradecido, primero, por la confianza en su valor como escritor, segundo, por su publicación y, por tanto, exclusión del anonimato y del cruel cajón editorial donde languidecen los sueños de los escritores inéditos y, tercero, la repercusión que su obra, su primera y su segunda obra tuvieron entre una selecta minoría de intelectuales franceses que acogieron sendas novelas con el entusiasmo de haber hallado una nueva y original sensibilidad en el panorama literario de la época, y al poco tiempo después, enardecieron también con el personaje que Juan de Holguín nombra como Walter Sirius y que había sido inspirado, al igual que sucediera con otros personajes incluidos en aquella novela que más tarde le darían el lugar que merecía en los estantes de las librerías neoyorkinas, y que Juan de Holguín, expatriado y libre, también homosexual, escribió entonces, durante apenas diez meses, en sus ratos libres, mientras no tenía que clasificar el correo y luego repartirlo entre las oficinas, mientras no tenía que encargarse de barrer las escaleras y fregar los suelos de los pasillos que interminablemente agujereaban practicando largas y enrevesadas galerías en el interior del Felicity´s Door, mientras no reparaba una cerradura en una puerta o sacaba los cubos de basura o limpiaba con un trapo y luego con otro, y después y para terminar con una hoja de periódico, del Times o del Herald Tribune o del Post, en realidad a Juan de Holguín tanto le daban, los cristales de las dos grandes hojas de la puerta de entrada del edificio, los espejos voluminosos y diáfanos que ocupaban las paredes desde el techo al suelo y amplificaban, y ése era exactamente su objetivo y por ese mismo motivo, no el único pero sí el más importante, estaban allí, paneleando las paredes del vestíbulo, un gran rectángulo alargado que se abría alargándose hacia las puertas de los ascensores, tres grandes elevadores R. Stahl que recorrían cada una de las once plantas del edificio Felicity´s Door en el 487 de la Avenida Broadway, y de las escaleras que ascendían también idéntico número de plantas, de la primera a la última, pasando por todas y cada una de las once y que, a decir verdad, apenas si alguien utilizaba, ni tan siquiera las personas que trabajaban o visitaban por cualquier motivo, oculto, siniestro, comercial, las oficinas del primero de los once pisos que componían el edificio; la luz entraba, dependiendo de la hora, a raudales por la mañana, o apenas convertida en un suspiro luminoso por las tardes, dotándolo todo de una calidez y amplitud que en realidad éste, el vestíbulo, no tenía por sí solo. Así, Juan de Holguín terminó de escribir su novela, Una puerta se abre, otra se cierra, una novela sobre la vida de un portero en su portería, la vida ficcionada, más o menos ficcionada o no de un portero y de la gente que vivía en el edificio donde éste trabajaba, gente como por ejemplo Walter Sirius, un excéntrico oficinista de la cuarta planta, o como Edwin Fry, un diminuto exjockey que tenía montada una correduría ilegal de apuestas en la quinta planta o como Sondra Viola, ninfomaníaca y asesora financiera que compartía oficina en la tercera con el departamento de asuntos financieros de la junta de distrito de los antitrinitaristas y sin embargo ecuménicos de los Hermanos Pontificios de la Ascensión Divina de la parte baja de Manhattan, así como otras personas que trabajaban en el edificio, los intervalos de la vida que la gente pasaba allí que el portero, un trasunto más o menos fidedigno de Juan de Holguín, retrataba y que, como su primera, como su segunda novela, fueron libros prohibidos por, digamos, la presidencia o la censura de la presidencia, su dedo censor, censor pero también cubano, cubano como la Habana, cubano como lo era Juan de Holguín, quien cosechó una calurosa, cerrada y prolongada ovación, una salva de aplausos llenos de sinceridad que los asistentes, algunos escritores como él, algunos críticos y lectores, avezados o no, varios editores, que se dieron cita, esperada por algunos, ansiada por otros, el día de la presentación de su libro en una librería de la Quinta Avenida, Rizzoli, donde Juan de Holguín, después de agradecer y recordar las vicisitudes de su epopeya cubana y de su exilio, de recordar a su ceñudo abuelo y a su abuela, la verdadera matriarca de la familia, se emocionó durante un instante al mentar el recuerdo de su madre a quien agradecía, y Juan de Holguín lo hacía con un candor infantil que hizo ruborizar sus broncíneas mejillas, el amor que ésta le procuró y que se filtró en la vibración de sus cuerdas vocales, en el brillo de las lágrimas que, a pesar de su contención, empañaron sus ojos y rielaron con un fulgor que enterneció al público que escuchaba conmovido la expresión filial de amor del escritor y su relato de algunos párrafos, párrafos sueltos, elegidos al azar de entre distintos capítulos del libro en los que individuos que trabajaban en el 487 de la Avenida Broadway o la de aquellos que visitaban el edificio, mostraban sus excentricidades, sus rarezas, de una forma tragicómica y realmente mágica, que terminaron suponiendo, en gran medida lo hicieron, el reconocimiento de su figura, lánguida y enfermiza, pues así era, exactamente así, la figura de Juan de Holguín, como uno de los valores emergentes, de las voces, vamos a decir, más particulares, de la literatura latinoamericana del momento.

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El señor X o el señor al que durante este trecho hemos nombrado como Husband, se encaminó desde el 487 de Broadway con la calle Broome hacia la parte alta de Manhattan. Durante el camino, en algún momento Husband pensó en el portafolio que colgaba de su mano derecha, en su contenido, el dossier con toda la información necesaria y las facturas detalladas de la importación de mil cajas de bombones suizos para varias tiendas de pasteles y dulces de Soho y el Greenwich Village que debía presentarles a la mañana siguiente a los propietarios de dichas tiendas. Su estilográfica, una Parker lacada de color azul con el enganche, remates y plumín fabricados en oro de dieciocho quilates, su agenda, tres preservativos, una bolsa de plástico, una barra de acero hueca y un largo, más o menos un metro de cable o cordón telefónico, perfectamente enrollado y sujeto con un pequeño alambre y un escalpelo envuelto en una pequeña funda de tela. A continuación, Husband, irremediablemente, pensó en Janice Bluebaker, en sus ojitos cerúleos, su piel canela, caminando por delante de él, sola, cargada con su mochila, vestida con su uniforme del colegio, su jersey de cuello cisne bajo la chaqueta color marino, su falda, su faldita de tablas gris que apenas le cubría la mitad de las rodillas, como cada día a la vuelta del colegio. Después imaginó el tacto de sus cabellos acariciando su nariz, la fragancia de las flores destilándose de su pelo, el olor de su piel, de su sudor infantil, y sintió, sintió también el reflejo de una pulsión que se elevó en el interior de su bragueta de corte italiano en forma de erección, y al imaginarlo, el señor X, es decir, Husband, que sin quererlo, inconsciente, sonreía reconfortado, con una satisfacción viscosa y enfermiza, repulsiva, aunque no para él, para Husband, cuyo rostro se transfiguró al contemplar, al contemplar de súbito, de repente, del modo más sorpresivo, no al estilo de un regalo inesperado o de un grupo de amigos, de tu familia, de tus hijos, quizá, de tu mujer, por ejemplo la señora Z, a la que nosotros hemos preferido conocer bajo el nombre de Dorothy y el apellido, primero de soltera, esto es, Palmer, y luego con el de casada, Husband, Dorothy Husband gritando, haciéndolo de pronto, la noche de su quincuagésimo segundo cumpleaños, en un restaurante o en el salón de su apartamento en la calle President de Brooklyn, todos juntos, un solo grito que en realidad no lo era, quizá quince, puede que veinte gargantas vociferando la palabra SORPRESA, exclamando ¡SORPRESA!, la palabra SORPRESA al unísono, que aunque sí lo era, por lo inesperado, por lo secreto que su mujer, que organizara una fiesta de cumpleaños para Husband, para su marido, con la connivencia de algunos familiares y amigos esa noche, y que lo aguardaban con expectación, no ahora, claro, ese mediodía, sino que lo harían al atardecer, casi a la hora de la cena, cuando Husband regresase a casa de la oficina y en ese momento, el momento en que la señora Husband, sus familiares, sus amigos, un grupo de quince, de veinte, más o menos, personas gritaban juntos la palabra SORPRESA, Juan de Holguín, el portero del edificio en el 487 de la Avenida Broadway franqueaba el paso sosteniendo la puerta para que Janusz Ellroy, de profesión abogado y socio del bufete de picapleitos Plenderleith&Ellroy&Obermeyer de la novena planta, saliese del edificio y esperase un taxi al que Juan, de nuevo Juan de Holguín, detuvo alzando la mano, y tras abrir la portezuela recibió un dólar, la propina con que Janusz Ellroy, el abogado de Plenderleith&Ellroy&Obermeyer, también socio y uno de los miembros fundadores del bufete, consideró apropiado premiarle por su servicio, y en ese mismo momento, en el momento en el que Juan de Holguín, el portero del número 487 de la Avenida Broadway y también escritor, cerraba la portezuela del taxi y se guardaba el dólar de la propina de Janusz Ellroy en el bolsillo de los pantalones, sus ojos, los ojos de Husband, o lo que es lo mismo, los ojos del señor X, al que tanto los periódicos londinenses, como los de Edimburgo, los de Roma y Praga o de la misma ciudad de Nueva York y sus correspondientes departamentos de policía, no habían sido capaces, cada uno en su papel, ya de publicar, ya de detener o al menos descubrir, aunque lo cierto era que, tanto la policía, los distintos departamentos de las distintas ciudades, como también los distintos periódicos que, en uno u otro momento habían dedicado sus esfuerzos, esfuerzos vanos, baldíos, algunos también vagos, a la investigación de las desapariciones y asesinatos de Gladys Abercrombie, de Effie Drummond, Milada Kosztka, Francesca Pradolini, Patrice Weaver y de otras cinco niñas, todas desaparecidas en idénticas circunstancias y cuyos cuerpos, en realidad, cuyos cadáveres, no fueron encontrados nunca, y la noticia de sus muertes, más allá de la mención soslayada enterrada entre las páginas de la sección de noticias locales de los periódicos en los días posteriores a sus desapariciones, no tuvieron repercusión alguna, como ninguna tuvieron tampoco las investigaciones policiales, sus expedientes, los cuales terminaron acumulándose junto a una cada vez más densa capa de polvo en las estanterías de sendos despachos policiales, un despacho por cada desaparición, un despacho por niña, violada y asesinada, abandonados junto con decenas de expedientes archivados, de homicidios, de robos, todos sin esclarecer, sin culpables, sin castigo, justo entonces, Husband, el asesino pedófilo al que nadie, ni siquiera su mujer, la señora Husband o la señora Z, descubriría jamás, escuchó el agudo chirrido de unos frenos al bloquearse y observó cómo una mujer o algo que lo parecía, volaba pasando ante sus ojos, más abiertos que nunca.

Eso fue lo último que Husband vio, pues, mientras él mismo, a su vez, a su vez y después de la mujer o lo que, según su visión, podría o debería haberlo sido, también voló, como lo hizo un hombre, otro hombre distinto a él, vestido de uniforme y al que Husband, el resultado que despejaba la X de la ecuación sin resolver de los asesinatos de diez pobres niñas, ojiplático y muerto al instante tras el impacto de su cuerpo contra el autobús M10 de la MTA, no vio volar por el cielo de la Avenida Lexington.

Husband yació a escasos metros del hombre del uniforme, de la mujer o lo que pensó que debía serlo, del charco de sangre que se extendía como una alfombra a su alrededor, todavía ojiplático, y no vio caer una lluvia de cartas y telegramas y postales sobre su cadáver mientras en la radio del autobús, la mano mágica de Django Reinhardt musicalizaba Honeysuckle Rose con su guitarra. Entretanto, mientras Django interpretaba y Husband moría, en el 487 de la Avenida Broadway, Juan de Holguín, el portero, sacaba los cubos de basura por la puerta de servicio de la calle Broome.

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