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Cada martes nos visita Félix Molina con su Poe (la amenaza de someterle a la tortura si no cumple de hacerle comer un caramelo de menta esta funcionando) -j re crivello

El hambre en el bosque de W. (3 de 3)

El bosque de W. tiene pocos amigos entre quienes lo recorren. Los seres que menudean su entraña renuevan cada amanecer el voto de su supervivencia con los árboles y las nubes, pero quienes lo atraviesan anochecen esquivos entre sus sombras, atados al peso de algo que no se define ni se nombra. Así debió de suceder con el emisario de F., una vez cebado (para que no cayese en la tentación de masticar) y abandonado por quien le había confiado su mensajería en la vereda que bordeaba el bosque.

Aquel hombrecillo no tenía más causa que entregar los tres escritos, y su mirada, con los primeros rayos de luna, se posaba en cada meandro del riachuelo que atravesaba sin paz la pelambre mohosa de las orillas. No se detenía pero tampoco la marcha lo hacía progresar. Su respiración se acompasaba con un extraño crecimiento de todo lo vegetal que lo acompañaba y lo detenía a la vez. Cada paso se correspondía con un miembro que se enredaba o el tronco acechado por las ramas, con la sombra misma carcomida por una maraña de raíces. Gritó pero las pencas y las lianas, encarcelando su cabeza, retenían los hilos de su voz. Quiso desprenderse, como si fuera un fruto gigante y doloroso, pero lo espeso le había arrebatado la vida, cuajando un silencio sin forma que se disolvía por el agua estancada de una poza.

Solo sus ropas, como si fueran pétalos enormes y mugrientos, se ofrecían a la vista de cualquier infortunado que en mala hora merodease por aquel paraje. Entre ellas yacían, deshechas en su humedad, las tres cartas que debían ser entregadas en L.. Y por encima de todo, como si fueran los huesos de una culpa, el trozo reservado de muslo que –junto con la gula y la ignorancia– había llevado a este hombre a su muerte.

…   …   …

Pasaron tantos días como noches sobre el bosque de W.. Y F. fue requerido a disculparse en persona por no entregar sus mensajes en L. Bebió todo cuanto pudo en la Abadía del Cuervo y atravesó la espesura apenas sin distinguir los árboles de sus sombras. Se hizo el mejor amigo de los claros para reposar en su penumbra y se apresuró entre lo más intrincado, como si fuera la aguja más veloz que enhebrara el manto de verdura que lo amenazaba. Penetró poco después de la anochecida en la ciudad de L. por la única rendija posible, como el que lo hiciera en un templo protector, envuelto en la calma, ni siquiera resacoso.

Aligeró la tormenta del cansancio en la pensión de H., donde siempre. A la mañana siguiente alcanzó a no perderse entre las calles más sinuosas de la ciudad. Antes se disculpó con la señora H., quien regentaba la pensión, por no hacerle llegar el mensaje que le correspondía. Nada hay que disculpar, Mr. F.: el mensaje llegó. Lo trajo un pobre hombre que atendió a mi seña y dijo venir de su parte. En esa fiebre de lo inexplicable y lo incierto atravesó la avenida mayor de L. y fue a dar con el famoso notario M., que entre los efluvios de un cigarro y una copa no dudo en confiarle: No tengo nada en contra de sus métodos, Mr. F., pero preferiría que estos documentos me los hiciese llegar usted mismo, en persona.

Poco lo retuvo en la notaría. El miedo y el desasosiego, como si fuera la letal vegetación del bosque de W., lo atenazaban en su gabán desgastado y ceniciento. Se apresuró entonces a presentarse en el negocio del carnicero J., que, diáfano, no necesitó expresarle la recepción del recado que él había encomendado al hambriento forastero. Solo se sirvió acompañarle a la linde del sendero que lo llevaría de vuelta por el bosque de W.. Y vino a agradecerle a F. el servicio prestado por su mensajero con unos cuantos kilos de viandas listas para su degustación, Ahora que tiene un largo camino por delante, Mr. F..