Poe regresa hoy (–y hará vacaciones hasta el día 7 Enero) Esta historia tan singular creada por Félix Molina nos seguirá visitando en 2020. Gracias al autor y gracias a los lectores. Debemos agregar que las imágenes las hace el autor o su Estimada esposa –j re crivello Editor.

A Poe, después de haber pasado casi un año como el prisionero favorito de London –aquel ingeniero que le salvó de una muerte dipsomaniaca—, le gustaba especialmente prolongar el simulacro de sus paseos en libertad con una visita al puerto de Baltimore. Desde la President Street ya iba sintiendo la inminencia de los veleros y el lustre del palo de las mesanas recortado contra el horizonte ceniciento. Cuando la calle se bifurcaba hasta desembocar en el Inner Harbor, alimentaba sus sensaciones con la algarabía de los cargadores y el rumor vigilante de las balandras, sazonadas de intrigantes y de agentes de la ley.

Había aprendido en todo este tiempo a sortear el acecho de la joven que se parecía a Marie Rôget y a toda la turba de acólitos que remaban en el mismo barco de Alexander London. Los evitaba con la habilidad de un espíritu, refugiado en el negro gastado de su gabán y amigo de las sombras y los juegos de la luz del crepúsculo. Y todo en ese aire umbroso le decía que aquella Marie había cruzado alguna que otra vez, en una esquina o en un pórtico, sus ojos con los suyos, acaso como señalando con esa mirada su licencia para un paseo más prologado.

Una vez en su atalaya del puerto le apetecía contemplarlo como un escenario, donde cada estibador, cada marino, cada pescador o cada tramposo le enseñaban un signo de esa extraña escritura que ahora descifraba no bajo la música del delirio, como hace meses –antes del momento aquel, nubloso, de su muerte—, sino con el entendimiento diáfano de quien obra en la tramoya, como un dios. Y allí sentía un anhelo por la vida de las singladuras y los horizontes que era casi proporcional al desprecio de London por la navegación, anclado como estaba con los años en su mansarda de lector sin medida.

De entre todos los personajes que iba ubicando en ese teatrillo con olor a pescado y a barriles de ajenjo, le llamaba la atención el de un señor con desusado sombrero de copa, enjuto hasta donde su figura limitaba con su ausencia, vestido con pantalones y levita muy blanca, casi una bata. Hombre agitado, que siempre insistía en su mismo itinerario, como una hormiga tozuda a los ojos de un Poe plantado en lo más alto del puerto. Que siempre se demoraba, todavía a lo lejos, en una conversación en apariencia insulsa –¿sería siempre la misma?— con el más desgarbado de los estibadores.

Y que siempre, después de cargarse con su fardo habitual, iba caminando muy espaciosamente, hasta que el capricho visual de la hormiga se volvía el de un imponente albatros, aleteando justo delante de Poe.

Y era entonces cuando –siempre, sin faltar ni una vez— el hombre elevaba con una mano trémula su sombrero y le dejaba un saludo.