Regresa Poe (y con el Felix Molina) en esta historia que nos llevará a quitarnos las fiestas de navidad y poner fin como dice Poe: a un rompebolsas con intenciones malsanas… o rompebolas diremos nosotros. –j re -editor

La mañana posterior a su cumpleaños, Mr. Wilson, varias veces millonario, amaneció con un miedo acrecentado por su soledad: no le bastaba con la desazón de ser el único habitante que frecuentaba la florida esquina de Rounded Street, en la ciudad de C., presidiendo el horizonte desde una mole de dos plantas columnadas que remedaban varios estilos de la antigua Grecia. A esa inquietud unía la percepción de una visita inminente y, con toda seguridad, fatal. No sabía si ese presagio tomaría la forma de un viajante comercial, la de un amigo de la infancia o la del lechero. Ese visitante acabaría con su vida, sin más.

Por eso dedicó toda la mañana y parte de la tarde, y aun de la noche, a anular todos sus compromisos futuros: un filántropo que le requería para rememorar vagas hazañas; un periodista que buscaba interrogarle (entrevistarle, solo entrevistarle, le repetía una y otra vez); un rompebolsas con intenciones malsanas… Así hasta una cadena de quince, veinte personas a las que no dudaba en negarles consecutivamente su presencia con el pretexto de que era necesitada por el o la siguiente en la ristra.

Empleados de correos y telégrafos de todo el distrito, de toda la ciudad, de todo el estado, encomendaron sus misivas urgentes para disolver citas, postergar desplazamientos –propios y ajenos–, acallar intervenciones… En ese mismo tiempo, el cuerpo entero de sus servidores se empleaba a conciencia, con un esfuerzo que limitaba casi con la esclavitud, hasta reducir el ámbito entero de la mansión a una empalizada, donde las habitaciones se clausuraban, los vestíbulos dejaban de comunicar los pasillos y estos se volvían conductos inútiles, como oscuros tentáculos enmoquetados que, entre paisaje y retrato ecuestre, materializaban todo el miedo que le atenazaba.

Nada cesó en su ánimo hasta que acabó con las expectativas del último visitante, un muy viejo amigo, con el que dudó en si era oportuna, o más bien necesaria, la cancelación. Finalmente, para su alivio decisivo, procedió a ella casi sin mayor argumento, con una esquela que despachaba veinte, treinta años de amistad.

Gustaba del té. Antes de convertirse en el solo señor de su cerrazón, se ubicó en el vestíbulo central, con una taza servida allí para su comodidad y su celebración, que ahora retiraba la única doncella hábil en los más de mil metros cuadrados de la casa. Y fue casi inapreciable como, mientras retiraba el manchado servicio de té, también iba dejando en el regazo el puntiagudo fileteador, casi una secreta daga, ella que ahora se rodeaba de la verdadera, única soledad del lugar.