London, que todo lo ve (‘Poe no ha muerto’, 21)

Escondido en lo más alto de su buhardilla, la que coronaba el edificio que se fue construyendo con sus patentes de ingeniero mercante (la autonomía de las calderas, la insumergibilidad de los mamparos de la sala de máquinas), Alexander London divisaba ahora, o más bien intuía –tras una cortina de espesa lluvia—, los pasos de su Marie Rogêt, en rápida retirada hacia la arteria central de Baltimore. O cómo su Mr. Valdemar luchaba entre la ventisca con la puerta que accedía al sótano donde escondía a Poe. Su Poe.

Con el tiempo se había hecho a poseer todo cuanto tocaba, con la imaginación o con su beneficencia. Suyas eran unas cuantas almas que menudeaban el fardo de la vida en un Baltimore hosco para quien no se subiera a su barco, o a otras tantas proas opulentas como la suya. Dos plantas de dipsómanos y dipsómanas, entre y veinte y veinticinco almas más, sincopaban como un jadeante metrónomo en esa tibia oscuridad en la que el ingeniero iba pasando bajo sus lentes de grosor mostrenco el infolio que le iba llegando de Poe.

Con lo que le quedaba de vista estudiaba la noche, y sus meandros de negritud inmensa serpeaban cuando levantaba los ojos de los manuscritos. A veces sentía la necesidad de comunicarse con el sótano, de hacer precisiones sobre el cargamento de letras que Mr. V. le iba haciendo llegar. Fijaba entonces su mirada enmohecida contra las escamas del horizonte vagamente iluminado, carraspeaba como precediendo una locución enjundiosa y, simplemente, dejaba que se deslizara el peñasco de su voz por la canaleta de su invención:

–Mr. Poe, me gustaría tanto que escribiese más…