Félix Molina llega a la mitad de esta novela (a short story) que publicaremos antes que los lobos salgan por sus presas -j re crivello Editor

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Al aprendiz de restaurador W. le gustaba la soledad de las capillas. No le importaba demorarse en sus tareas, puliendo zócalos y limando herramientas: todo lo compensaba el quedarse solo, iluminado por los hilos de luz que pendían de las vidrieras de la claraboya central, aletargado mientras discernía con un golpe de vista los labios, las orejas y los ojos de la estatuaria de santos que le acompañaba casi hasta el crepúsculo, como acariciando con su silencio de escayola la paz que recibía.

Dio en costumbres que mezclaban rutina y bizarría. Una vez que hubo aprendido a hacer piezas con yeso y alginato, empezó a realizar moldes tomando todo lo que tenía a su alcance: las propias herramientas, monedas que los beatones hacían rebosar en el cepillo, zapatos –viejos o nuevos–, restos humanos y animales… Todo lo manipulaba con la paciencia de un artesano y el corazón de un sádico. Había clausurado con un andamio una de las herraduras de la capilla y allí quiso instalar, con alguna osadía, el templo de su secreta afición.

Si alguien lo observaba durante parte de la mañana y de la tarde, nada podía sospechar de sus lunáticas tareas: atendía pleno de disposición a sus maestros y era el operario más amable para quienes no se empleaban con la restauración, como el sacerdote y su reata de siervos. Permanecía atento a cualquier favor que pudiese prestar y todos lo tenían en la cabeza cuando necesitaban algo.

Pero, con la llegada del primer rayo de luna, buscaba su querida soledad como un perro el plato de comida o la tibieza del sol. Se desentendía de cualquier invitación –del maestro principal, de sus compañeros—y remoloneaba hasta quedarse en el centro de la cúpula, entretenido en sus moldes descarados mientras la noche se le avecinaba.

Después de haber ejecutado cada parte de su anatomía (con mayor dificultad y destreza en cada intento), fue la luz precisa que se filtraba por el púlpito la que le llevo a fijarse en un espejo, junto a una hornacina. Y en su propio rostro, reflejado en él.

Como pudo, se taponó con arcilla las fosas nasales y metió la cabeza en un cubo donde el alginato lo inquietaba, cual otro espejo, lechoso y reluciente. Luego quiso retirarla con rapidez, para verter en el hueco la masa de yeso. Pero para entonces apenas era capaz de mantener un hálito. Jadeó con gran estrépito. Dejó de respirar cuando el alginato era uno con sus pulmones.

Los primeros operarios y el fiel más madrugador lo hallaron boca arriba, con el rostro convertido en una gran mancha albina. Y fue alguien que pensaban su amigo quien desincrustó del molde del cubo la cabeza impecable, blanca, definitivamente muda.

1.      Nota de Alexander London: No puedo entender qué lúgubre e inhóspita imaginación ha propiciado este relato. Conocíamos y disfrutamos La muerte de la máscara roja, que apareció en nuestro admirado Graham’s Magazine. Pero no sospechábamos esta fantasía de nuestro querido autor, quizá auspiciado por algún enjambre de su propia soledad…