Luego de un mediodía caluroso y comenzando una tarde con mucho sol me encontraba escribiendo paginas y líneas de un texto en el cual iba a publicar en mi blog. Me encontraba tomando un café, solo y en silencio. El ventilador daba vueltas con velocidad con el fin de refrescar el ambiente pero que de igual modo expulsaba aire colmado de calor.

Esa misma tarde y dentro de un instante, las ideas, mis ideas, comenzaron a culminar, empezaron a dar su declive y mi mente entro en un vaivén de espacios en blancos.

En ese momento, sentía la necesidad de agarrar la taza de ese amargo café y caminar un poco por las baldosas de mi casa, con el objetivo de que mi cabeza comience nuevamente con su acción imaginativa. De repente, siento otra necesidad y era la de mirar por la ventana de mi casa, con la taza en mi mano y disfrutando de un paisaje veraniego que iluminaba mis frágiles corneas e irritadas pupilas luego de estar frente a una pantalla un par de horas. Allí, parado al lado de esa brillante ventana iluminada por el afuera, observe a un hombre.

Ese hombre no era muy alto, era delgado por su edad y a mi entender su forma de actuar me resultaba extraño. Me puse a analizar lo que intentaba hacer y que lógica tenía.

Este hombre estaba vestido de una manera peculiar, bastante bien, diría normal. Llevaba unas zapatillas negras en su totalidad, con un jean azul marino y una remera tipo chomba de un color rosáceo. Además, consigo traía unos antejos muy negros para sol, o por lo menos eso es lo que vi ya que estaba a una distancia bastante distante, y una boina blanca o, tal vez, un color crema.

Lo interesante y extraño, a mi comprender, es que llevaba un lampazo, de esos que utilizamos para trapear los pisos, pero en este caso, este palo con goma negra no tenía un trapo en cima, sino que más bien estaba desnudo.

En ese momento, me causo mucha curiosidad y lo seguí observando más detenidamente, sentía la necesidad de analizar todos sus pasos, y de allí trasladarlo a la cotidianeidad de las cosas.

Este hombre era un vecino que vivía a unas cuantas casas cerca de la mía, no en la misma manzana, pero no estaba muy lejos de allí, calculo una cuadra o, quizás, media. Lo había visto algunas veces rondar por allí.

Según su actuar y su apariencia su edad rondaba entre 80 u 85 años. Su caminar era bastante lento y decaído por lógicas razones, se veía triste, quizás un poco loco o perdido. Se veía cansado, pero aún así creo que su espíritu le pedía más, ya que, mientras yo observaba esa misma tarde por la ventana del comedor de mi casa, ese señor con el propio lampazo o escurridor corría las hojas caídas de árboles que estaban en la vereda del vecino que estaba al frente de mi casa.

Éste lo hacía de manera extraña, ya que las propias hojas estaban en un charco de agua al borde del cordón de la calle que cruzaba por las casas. Separaba las hojas del agua unos centímetros, muy lentamente, como si fuera que todo el mundo terminaba en esas pequeñas hojas y charcos.

Las corría unos centímetros hacia la calle, hacía dos pasos hacia la izquierda y seguía con el reto de las hojas que flotaban en un agua sucia, pero poca.

Además, si algo me llamo la atención es que al momento en el cual descansaba, por así decirlo, de esas acciones particulares de separar las hojas de los charcos, se paraba y casi como apoyándose en el palo del escurridor, saludaba de una manera muy maníaca a cada auto que pasaba, ahí sospeche que ese hombre estaba medio loco o su edad o el trayecto de su vida le jugó una mala pasada y ahora la esta padeciendo.

Lo más llamativo fue que estuvo así por, tal vez, una hora como si toda la vida tendría sentido con solo el hecho de separar hojas de charcos sucios y frenar o detenerse a saludar autos desconocidos.

Pero todo esto jamás fueron pensamientos de critica hacías esas determinadas acciones o específicamente al hombre de gafas negras, sino que fue un punto de reflexión, de pensamientos conjugados con la realidad misma de un señor de 80 años, aproximadamente, y en donde mi cabeza comenzó a abrir un paraguas de ideas y pensamientos muy interesantes, tal vez, locos de la misma vida, de la realidad del hombre, del humano mismo.

Automáticamente, y no se porque, deje de escribir en la computadora, en mi propio blog, y sentí la necesidad de sentarme luego de lo visto y pensar, solamente pensar de lo que acababa de ver. Se que suena extraño, porque creo que es algo normal, algo casual, común, pero en ese momento mi mente no dibujaba esa normalización, dibujaba cosas muy raras, muy reflexivas, al punto que empecé a conceptualizar las cosas.

Comencé a razonar consciente-mente la situación vivida y observada, comencé a imaginar nuevamente y mi cabeza, mi mente, emprendió un viaje en el conocimiento y en la interpretación de las cosas.

En ese estado, entendí que el humano a medida que va a pasando sus años indudablemente se aferra a la necesidad de separar la basura (agua sucia) que ensucian su ser, su espíritu, sus emociones, su mente (hojas). Trata siempre de ir más allá, de no parar, de no estancarse.

Lo otro que comprendí, es que pasados los años, uno se vuelve sabio y esto es sabido por todos, pero lo que hay que comprender es que sabiduría no es conocimiento, sino más bien es ser consciente del momento, entender que mover las hojas del charco lentamente y apreciando ese momento aunque sea nada para otros, y como si fuera a terminar ahí el mundo, es lo más espectacular de todo, es lo más perfecto que podemos hacer en este mundo tan imperfecto. Es en ese momento en el cual uno se conecta con todo, es ahí donde lo que hacemos lo hacemos por inercia, lo hacemos sin esfuerzo y con un toque de placer casi absoluto.

Esto anterior dicho, hace que hagamos las cosas de una manera gustosa y apacible. Es ahí donde el humano entiende que es eso lo suyo, que es eso lo que hay que saber interpretar, es ahí donde el humano entiende el significado de felicidad placentera momentánea.

También entendí, que el ser humano, a veces se vuelve un poco loco, o que a medida que va pasando los años nuestra forma de ser, nuestra personalidad se va deteriorando, se va descomprimiendo, no por la edad en sí, sino por los acontecimientos vividos en las distintas décadas, distintos años de nuestras vidas, ya que, el animal racional es determinado, además de su percepción ante el mundo exterior (mundo interior), por el mundo exterior, es decir las palabras, los conceptos, las cosas materiales en la cual chocamos constantemente con nuestros sentidos, en fin, nos van moldeando hasta el punto, en el cual, el hombre se da cuenta o no de que esta siguiendo las masas, esta siendo determinado y que además de interpretar esta siendo interpretado. Y es ahí cuando comprendí que el hombre se deteriora.

Pero a pesar de eso, capté también que a veces nuestras locuras nos llevan a saludar autos desconocidos, a ser con el otro una persona amigable y amable, en el cual, esa otredad nunca va entender que no es que decidimos socializar ese día, sino que ese deterioro mental y emocional que tenemos por lo externo e interno, más la suma de el paso del tiempo hace que queramos compartir nuestras emociones, nuestros sentimientos, ya que entendemos que este lugar en el mundo en el cual hoy en día ocupamos, se hace cada vez mas angosto, se hace más corto, entendemos que estamos despegando de esta vida, sin saber si hay otra, solo tratando de aferrarnos en otras vidas gracias a las creencias que aún existen en nosotros o, tal vez, preguntándonos si esto seguirá.