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Cuando se cansaron de fabricar oro se dedicaron a producir el Elixir de la Eterna Juventud que además tenía la propiedad de curar todas las enfermedades.

Al principio lo tomaron ellos en pequeñas cantidades, a sorbos, mezclado con vino o con agua. En pocas semanas el resultado fue asombroso; de una forma muy sutil notaron una bonanza general. A Bartolomius la piel se le puso más tersa, con menos arrugas, de un color más lozano. Ganó en agilidad y fuerza física, los dolores de los huesos que debido a la edad iba padeciendo, poco a poco se fueron mitigando. Incluso parecía que tenía más pelo. Katharine que, pese a su juventud, siempre había padecido de la espalda por el trabajo físico que hacía desde bien pequeña, se notaba más fuerte y vigorosa. Habían desaparecido su ojeras, que como dos bolsas negras parecían sujetar sus ojos.

Comenzaron dando a beber pequeños sorbos a los pobres desgraciados sifilíticos y a mojarles las llagas de la piel con el elixir. El resultado no se hacía esperar, en pocos meses se curaban sus ulceras y desaprecian las hinchazones de sus miembros.

Un día probaron con un ciego; le aplicaron directamente en los ojos un bálsamo hecho con el elixir de la vida y un ungüento aceitoso. A las pocas semanas era capaz de distinguir sombras.

No cobraban nada por su trabajo. No lo necesitaban, tenían sacos y sacos con oro puro, en forma de lingotes, de onzas, en barras o simplemente como un polvo fino y brillante. Lo tenían escondido en un falso muro de la casa, una zona imposible de detectar que solo la casualidad había dejado al descubierto en una ocasión en que parte del tejado se había desplomado durante una tormenta.

Eso hizo que su fama se extendiese pronto por otros pueblos y aldeas de la zona, y más tarde, a la ciudad próxima. Acudían a su casa enfermos de los alrededores, solos, en pequeños grupos, como si fuesen peregrinos. Alguno se hospedaba en su casa, otros en el establo o en el granero. Los más pobres se instalaban en el porche o en el campo próximo a la casa en los carros que los transportaban.

Pronto el burgomaestre y los principales miembros de la sociedad de la ciudad se interesaron por lo que pasaba en aquel pueblo. Organizaron una partida acompañados por un representante del clero, el deán de la catedral, el representante del gremio de médicos y cirujanos y cinco guardias de escolta. Lo que vieron no les gustó nada. Una muchedumbre enfervorecida rezaba y cantaba plegarias, otros avisaban de la llegada de un nuevo redentor, otros gritaban y enseñaban a todo el mudo el resultado de la cura milagrosa.

La situación era un caos. El clérigo se echó las manos a la cabeza y comenzó a exclamar y a llamar a todos herejes. Sujetando con fuerza el crucifijo que llevaba en el pecho y elevándolo por encima de su cabeza trató de llegar a la casa, empujando y dando empellones a todos los que le obstruirán el paso. Los soldados trataron de dispersar a la muchedumbre y hacer un cordón protector alrededor del cura, pero eso no hizo más que empeorar las cosas. Todos los enfermos que rodeaban la casa, al oír los gritos y los insultos del clérigo, las voces llamando herejes a todos y a los guardias con ruido de hierros y espadas, pensaron que iban a detener a Bartolomius y a Katharine. El resultado no se hizo esperar; se produjo un gran tumulto. Se abalanzaron sobre los guardias y el cura y allí mismo los lincharon. Fue una lucha desigual, los enfermos no tenían nada que perder, se abalanzaron como diablos, arrojando piedras, golpeando con sus muletas y palos, hiriendo con sus cuchillos. En pocos minutos el burgomaestre y resto de acompañantes vieron con horror como el cura y los cinco soldados yacían en el suelo. Tuvieron el tiempo justo de espolear a sus caballos para escapar lo más rápido de aquel lugar.

Bartolomius y a Katharine vieron espantados la escena desde el interior de su casa. Llevaban varios días sin poder salir de ella. La situación se les había escapado de las manos; veían como un enjambre de personas se había instalado en sus tierras. No daban abasto para atenderles. Todos querían ser los primeros. Había una desorganización absoluta, todo era un caos. Estaban prisioneros en su propia casa. El asesinato de esos visitantes no traería nada bueno.

Y así fue.

El burgomaestre fue directamente a informar al Príncipe y un mes después, un pequeño ejército bien pertrechado llegaba al pueblo. Esta vez no se anduvieron con chiquitas. Una carga de caballería seguida por piqueros y alabarderos despejó el camino de la casa. El propio Príncipe supervisaba desde una loma cercana la actuación de sus tropas. ¡Qué pensaría el emperador si tolerase en sus propias tierras semejantes desmanes del populacho enardecido!

Bartolomius y a Katharine fueron detenidos y su casa incendiada. Todo esto tenía que ser obra del mismo diablo. Satanás, y no el Altísimo, había guiado la mano de estas personas.

El Santo Oficio hizo muy bien su trabajo. Ante las pruebas irrefutables de brujería, de adoración al diablo, de haber hechizado al pueblo entero con supuestas sanaciones milagrosas y tras la refutación de su confesión bajo el tormento, fueron declarados culpables y sentenciados a morir en la hoguera.

De nada sirvieron los lamentos, sus quejas, sus alegatos sobre su inocencia. El compartir cómo habían descubierto la Piedra Filosofal y el Elixir de la Eterna Juventud. De nada sirvió decir que tenían oro en lingotes escondidos en su casa y que lo donarían para engrandecimiento de la Santa Madre Iglesia.

Bueno, todo sí sirvió, pero para aseverar aún más el carácter demoníaco de su actuación, y para disipar la clemencia del Tribunal Eclesiástico.

Un mes más tarde se cumplió la sentencia en un Auto de Fe celebrado en el patio del castillo del Príncipe.

ANEXO

La piedra filosofal es una sustancia química legendaria que se dice que es capaz de convertir los metales básicos en oro o plata Ocasionalmente, también se creía ser un elixir de la vida útil para el rejuvenecimiento y posiblemente, para lograr la inmortalidad. Durante muchos siglos, fue el objetivo más codiciado en de la alquimia. La piedra filosofal era el símbolo central de la terminología mística, que simboliza la perfección en su máxima expresión, la iluminación y la felicidad celestial. Los esfuerzos para descubrir la piedra filosofal eran conocidos como los Opus Magnum o “Gran Obra”.

Las raíces teóricas que describen la creación de la piedra se remontan a la filosofía griega.

La mención de la piedra filosofal en la escritura se puede encontrar en de Zósimo de Panópolis en el 300 d.C.

Más tarde, los alquimistas utilizaron los elementos clásicos, el concepto de ánima mundi, y las historias de creación. Según Platón, los cuatro elementos se derivan de una fuente común o materia prima (primera cuestión), asociado al caos. “Prima materia” es también el nombre alquimista asignado a la materia prima para la creación de la piedra filosofal. La importancia de esta primera cuestión filosófica persistió a través de la historia de la alquimia.

Durante la Edad Media los musulmanes se encargarían de traducir los textos clásicos y difundirlos por todo el mundo y añadir sus propias investigaciones.

Todos los conocimientos adquiridos por la humanidad tendrían su máximo exponente en el Renacimiento. Los grandes descubrimientos técnicos y científicos y su difusión con la imprenta, los viajes, el refinamiento conseguido en las principales ciudades y cortes europeas. Esta época de conocimiento también tenía una mentalidad mágica que trataba de explicar lo desconocido a partir de fuerzas sobrenaturales. El creyente conseguía favores de Dios a través de la penitencia, la oración o el sacrificio. Pero también podía conseguirlo a través del demonio mediante un pacto, maleficio o conjuro. Apareció la figura del endemoniado, personas poseídas por el demonio que hacia el mal a ellos y a los que les rodeaban.

También había una relación entre la magia y el poder. Los magos y las brujas, los adoradores del diablo; los que tenían encuentros sexuales con él, los íncubos y los súcubos según fuesen hombres o mujeres. Pronto la caza de brujas se estableció como una actividad en los países de Europa. Aparecieron libros como el “Martillo de Brujas”, Bulas Papales como la de Inocencio VIII donde se avisa de las terribles prácticas de la brujería.

Hasta la llegada de Voltaire con su pensamiento y su concepto de tolerancia religiosa, no se reconocería lo ridículas de estas ideas.

Pero eso sería en el siglo XVIII.

FIN