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El pasado que cupo lo apretujo en una caja de zapatos que archivó en el desván de la
casa de su madre.
Le llevo días armar la valija, puso y quitó cosas priorizando futuras necesidades. Éstos
análisis no alcanzaban para secar sus lacrimales ni evitar las constantes llamadas de
los que se querían despedir.
Caminar las calles de siempre se había transformado en una individual procesión,
lenta, sin música, llena de detalles. Las cosas más simples, de pronto adquirían
inusual relevancia. Las macetas con tréboles y sus simples flores rosas. El gato que
visitaba su balcón y recibía de buen grado sus mimos y alimentos. Los techos azules,
la humedad que dejaba la ropa fría. Hasta lo que le disgustaba se le clavaba como un
dardo candente a la altura del pecho.
Y llegó el día en que todo fue adiós, check in, tarjeta de embarque, comida de
economy y ajustarse los cinturones.
El primer paso fuera del aeropuerto de llegada solo es el primero de los siguientes,
todos dados por primera vez. Pasos dados con las únicas herramientas que dispone
cualquier inmigrante, decisión, miedo, coraje, esperanza.
Porque desde la decisión de irse  ha aprendido que la vida no es techo, que la suerte
marca las cartas, que a quienes somos lo llevamos puesto, que partir no es abandonar
y llegar no es descanso. Que el ser que sueña un mundo mejor tiene derecho a
intentar construirlo aunque sea lejos y con herramientas gastadas.
Mira por la ventana, elije un abrigo liviano, irá de tapas con sus compañeros de
trabajo. Mientras se cambia se cae de uno de los estantes una caja de zapatos y se
desparraman sus fotos del colegio, su graduación, y una carta con la letra de su
madre, aquella que le dió en su última visita, sabiendo que no se volverían a ver. Entre
hipos, lágrimas y mocos volvió a leer aquella frase: -La vida no es un lugar seguro.
Pero ¿Sabés qué hija?, podemos bailar.