Asesinado por un naipe (‘Poe no ha muerto’, 39)

A varias millas de Poe y Marie, la columna de humo sobre la falsa Casa Usher parecía un trasunto de sus ilusiones. Qué les quedaba, en medio de un prado desierto, sin apenas árboles para esconderse o refugiarse, sino un cielo que empezaba a llenarse de estrellas y un viento consolatorio que soplaba entre los arbustos, sincopando la flama sobre sus figuras tendidas en la hierba seca. Se podía dormir al abrazo de la noche. El pensamiento grumoso de que iba a ser difícil contactar con Valdemar (si es que Valdemar quería ser contactado) era un mal combatiente contra el cansancio voraz de la huida. Poe se las arregló para sacar del petate que portaba un mazo con las resmas escritas y no escritas –qué buscaría el sospechoso criado incluyendo eso en tan riguroso equipaje— y les dio la utilidad de una mínima almohada bajo sus cabezas. Entre los bucles desmadejados de Marie asomaba Asesinado por un naipe, escrito en una caligrafía que ahora, en la hora oscura de ese descampado, le parecía ridícula, y el recuerdo de lo vertido en esa prosa se le fue entreverando con el sueño…

Auguste Dupin penetró en el anochecido cubículo de la Rue des Pyramides con el ascua del misterio quemándole aún. De ese crimen solo se sabía el asesinado. Un hombre de mediana edad, impecablemente vestido, sin muestra alguna de violencia física, se adentraba en sus primeras horas en el otro mundo de bruces contra el suelo, guardando un silencio que parecía embotellar la escena. Ningún arma que delatase al asesino. Ningún rastro de fluidos o de pisadas, ni siquiera de muebles u objetos que pudieran haber sido desplazados en torno al asesinado. La puerta y esas cuatro paredes era todo sobre lo que investigar. Y el cuerpo.

Dupin pasó su mano sabia  y enguantada sobre la vestimenta del desdichado, como tocando sin tocar cada prenda y cada complemento, con el sigilo de una serpiente. Nada halló que no fuese digno de hallar en un burgués con cierta fortuna. El reloj sólidamente asido a su cadena. El chaleco abotonado hasta arriba. Los zapatos, incluso lustrados. El rostro, lívido, que no transcendía la dureza de una discusión o lo vil de una sorpresa. Qué podía decir ese cadáver de la muerte que lo suspendía en el misterio, en la ignorancia de cualquier hecho o cualquier causa anterior.

Con descalabro de su voluntad, Dupin salió del cuarto. Recostado en un sofá tête-à-tête del vestíbulo pudo observar cómo se llevaban al cuerpo, para su desolación. Y, como un  resorte, se colocó tras una carrera a escasos centímetros del cuello del difunto: allí había, casi inapreciable bajo el corbatín, un tajo perfectamente dibujado, donde la sangre –que ya no fluía—se había detenido en la esponja de la prenda encarnada, sin que perdiera su elegancia. Ahora recordó el naipe que le había arrebatado de la mano al muerto, el filo donde una hebra roja –finísima pero todavía húmeda– coronaba, prácticamente sin ser advertida, el cinco de picas…

No era un sueño que el sol de la tarde les empezara a quemar el cuello. Poe advirtió la quemazón en la carne de la barbilla de Marie como la del insecto que contempla el lector delirante de La esfinge. Súbitamente se incorporaron, repuestos del brutal cansancio, tal si alguien les hubiera citado y se percataran de repente de la demora, allá, en medio de la desolación de aquel llano, en el corazón mismo de su huida descabezada.

Con el vago recuerdo de unas palabras de Valdemar caminaron hacia el sur. Todo estaba perdido. Pero seguían caminando.